Navegando, por matar el ocio y la abulia creativa, descubrí algunos sitios donde la generación de los ochenta pretende hacerse acreedora de un infernal aparato que acompañó mis años de infante. Nada más lejos de la verdad, porque el carrito de rulemanes, aunque puesto a circular unos cuantos años antes de que yo naciera, fue el vehículo insignia de mi generación. El mío propio tenía un original diseño para la época, tan sorprendente como la velocidad que desarrollaba gracias a una importante pendiente y al empuje inicial del socio de turno, generalmente algún compañero de juegos no tan afortunado como lo éramos nosotros, los propietarios de un carrito de rulemanes.
Mi padre proveía el diseño, muy similar al del bosquejo, y también el armado con los mejores materiales y rodamientos del mercado. Justo es reconocer que los elementos que el viejo conseguía eran asombrosamente espectaculares. Y así me iba. No solo resultaba primero en todos los lanzamientos, también lucía las más trágicas cicatrices, condecoraciones que me brindaban cierta imagen y prerrogativas sobre el resto de los pilotos. El volumen del vehículo no era del todo cómodo para transportarlo hasta el lugar de la contienda, tenía más de un metro de porte y un peso bastante considerable; pero puesto a circular, en plano inclinado, alcanzaba velocidades extremas rebasando a quienes por justicia dejaba que largaran previamente, resignando la pole position.
Se requería cierto valor y fanatismo por los fierros para conducir semejante vehículo, desprovisto como estaba de la más mínima seguridad. La extrema dureza de sus rodamientos copiaba con tal fuerza la irregular textura de la vereda que el traste te quedaba de adorno. Al cabo de tres o más carreras las nalgas se adormecían con la vibración y los oídos zumbaban como un enjambre. Esas naves desprovistas de barras antivuelco, air bags, cinturones y amortiguación acostumbraban a derrapar sin control yendo a parar a cualquier parte, tanto más daba contra un portón o bajo un vehículo estacionado. Sin embargo, las escoriaciones no hacían mella en nuestro espíritu, la adrenalina era el mejor copiloto, y cuantos más golpes y raspones mayor el prestigio entre la tropa.
El vehículo también sufría, porque al cabo de un tiempo era necesario reparar su estructura, cambiar alguna de sus piezas, ajustar los rulemanes, retocar el diseño y acabado final. Gastábamos las horas en preparativos, solo por la gloria de unos pocos segundos. Algunos intentaban hacer del suyo el más original, luciendo ridículos aditamentos que al menor impacto saltaban en añicos, pero los más osados preferíamos el cabrio, más agil y dinámico en la picada. El eje delantero era el alma del vehículo, si demasiado extenso no podías gobernarlo, si muy estrecho o corto te ibas de trompa y volcabas. Tampoco estaba de más agregarle una palanca lateral a modo de freno, que aunque nunca usabas quedaba muy bien y le daba clase al carrito. Este accesorio, rematado en un taco de caucho en su extremo, era también la principal causa de los accidentes. Tirar de él a tontas y a locas era como catapultarse al porrazo.
A los diez años era un piloto experimentado y referente en el grupo de vándalos por la destreza en la conducción y por el “fierrito” con el que ganaba tantas contiendas. Fue una tarde en que mi co-equiper, cansado de empujar siempre, decidió que ya era tiempo de lanzarse conmigo barranca abajo, a la aventura. Pese a mis advertencias, fue tal su entusiasmo que decidió prolongar el impulso más allá de lo necesario e hincarse en el carro sin calcular que su peso –superior al mío- alteraría la sustentabilidad del rodado. Así, a gran velocidad, nos precipitábamos en la pendiente mientras el carrito zozobraba, alzando al cielo el tren delantero, brioso como el cavallino rampante de la Ferrari. Mi acompañante, patéticamente aferrado a mis hombros, aullaba enloquecido viendo que mi esfuerzo por compensar la masa resultaría inútil; tanto como lo fueron sus manotazos al aire cuando cayó hacia atrás arrastrando su voluminoso orgullo en la trágica rodada. Liberado del pesado continente intenté recuperar el rumbo con escaso éxito, y acabé dando de lleno contra la puerta de la tintorería.
Poco sabía de la cultura nipona, pero esa tarde aprendí lo que el tintorero quería decir al grito de “Banzai!!!” mientras corría en busca de refugio. El carrito?... Bien, gracias, nunca me atreví a recuperarlo.

